EL PROBLEMA DE FONDO: MÁS ALLÁ DEL MAPA ELECTORAL…Por: Julio Marquinho Espichán Asín

Los resultados electorales por distrito confirman algo que muchos prefieren no decir en voz alta: no hay mucho misterio. El país ha votado como viene votando desde hace años, con las mismas fracturas, los mismos silencios y las mismas omisiones.

Primero, Roberto Sánchez no es Pedro Castillo, pero entendió mejor que nadie el momento. No se trataba de replicar a una persona, sino de conectar con una sensación. Y esa sensación (nos guste o no) es que una parte importante del país quería volver a sentirse representada por alguien que hablara su lenguaje, que encarne su frustración, que simbolice su distancia con el poder.

Segundo, el debate sobre la densidad demográfica vuelve a quedar reducido a una excusa técnica. Se insiste en mapas, en colores, en el famoso “celeste” que pretende simplificar lo complejo. Pero ese color no representa al país real. No mide abandono, no mide desigualdad, no mide desconfianza. Solo maquilla una lectura que evita entrar al fondo del problema.

Tercero, hay que decirlo sin rodeos: hubo trabajo de bases. Fuerza Popular lo hizo. Le guste o no a sus detractores, entendió que la política no se gana solo en redes o en debates televisivos. Se gana en territorio, en contacto, en persistencia. Y eso marca diferencia.

Cuarto, la división entre sur y norte no es nueva. No nace en esta elección ni en la anterior. Es una fractura histórica que se arrastra desde el siglo XIX, una línea invisible que atraviesa el país y que nunca hemos querido cerrar. Nos hemos acostumbrado a convivir con ella, como si fuera parte natural de nuestra identidad.

Quinto, nadie se interesó realmente en integrar al país. Nadie. Ni los que gobernaron ni los que aspiraban a hacerlo. Y aquí no hay excepciones cómodas: nosotros tampoco lo hicimos. La desconexión no es solo política, es social, cultural y económica.

Sexto, el contrato social ha fallado. Pero no por las explicaciones simplistas de siempre. No es un problema de ricos contra pobres, ni de blancos contra indígenas. Es, sobre todo, un problema de Estado. Un Estado que se ha vuelto ineficiente, sobredimensionado y, en muchos casos, capturado por la corrupción. Un Estado que no resuelve, que no ordena, que no representa. Y que, por lo mismo, necesita ser replanteado en su tamaño, en su poder y en su propósito.

Séptimo, el empresariado sigue jugando a lo inmediato. Las grandes empresas aparecen en foros, en eventos corporativos, financiando ocasionalmente iniciativas de reforma. Pero no hay un compromiso sostenido. No hay una apuesta de largo plazo por cambiar las reglas del juego. Predomina el lobby coyuntural sobre la construcción de una visión país.

En ese contexto, pretender explicar los resultados como una reacción momentánea es, simplemente, no entender nada.

El problema no es de coyuntura.

El problema es de fondo.

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