EL “COLCHONERO”…Por: Felipe G. Huamán Gutiérrez
Tenía apenas entre 9 y 11 años cuando me ofrecieron un trabajo en la hacienda. La emoción fue inmediata; acepté sin dudar, aunque poco sabía de qué se trataba o dónde sería. La propuesta llegó a través de un conocido de confianza, alguien respetado por mi madre. Su aprobación selló el acuerdo, y mi entusiasmo creció al imaginarme como parte de los hombres que trabajaban la tierra.
El día comenzó temprano, con el
traqueteo de un viejo tractor John Deere verde, cuyos años se notaban en la
pintura desgastada y el rugido poderoso de su motor. El chofer, un hombre
curtido por el sol y el trabajo, me hizo un gesto para que subiera. Sin pensarlo
dos veces, me trepé al asiento metálico al lado suyo, con la sonrisa de quien
se siente parte de algo grande. Partimos rumbo a las vastas chacras de papas,
mientras el aire fresco de la mañana acariciaba mi rostro.
Al llegar, observé cómo el chofer
vertía un líquido blanquecino en el tanque que el tractor arrastraba, una
mezcla de veneno e insecticida que luego diluyó con agua. Con precisión, bajó
los largos brazos de metal del tanque, unas estructuras llenas de boquillas que
parecían alas extendidas, listas para rociar el campo. Estas cubrían más de
ocho hileras de papas a la vez, y al moverse, el rocío creaba un brillo que
danzaba bajo el sol.
Pero mi tarea no era manejar el
tractor ni operar la maquinaria. Mi misión era mucho más crucial de lo que
parecía a simple vista: cargar almohadones de paja y colocarlos en las
“cortaderas”, esas pequeñas acequias que cruzaban las chacras como venas vivas,
asegurando que el agua llegara a todas partes. Los almohadones servían para
proteger los bordes de las acequias de las llantas del tractor y evitar que el
tanque cisterna tropezara en los desniveles del terreno, causando daños o
interrupciones.
El trabajo era un ir y venir
constante. Apenas el tractor terminaba de pasar por una sección, yo debía
correr a recoger los almohadones y llevarlos a la siguiente subida, donde el
ciclo se repetía: el tractor avanzaba, las boquillas esparcían el veneno, y yo
volvía a colocar los almohadones en su lugar. El olor acre del insecticida se
mezclaba con el aroma terroso de las plantas de papa, creando una atmósfera que
nunca he olvidado.
A pesar del cansancio y de los
largos recorridos bajo el sol, no me sentía agotado. La idea de trabajar en
algo importante me llenaba de orgullo, y en mi mente iba calculando cuánto
dinero recibiría el sábado, el ansiado día de pago. Imaginaba el crujir de las
monedas en mi bolsillo y cómo sorprendería a mi madre con un pequeño aporte
para la casa.
Así pasaban las horas, entre el
rugido del tractor, el crujir de la paja y mis pasos veloces sobre la tierra
arada. Ese día, aunque sencillo, marcó una parte de mi niñez que todavía guardo
con cariño: el orgullo de aprender a trabajar y sentirme útil en un mundo de
adultos.
(Sucedió en la ex Hacienda
Hualcará)

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