CRÓNICA DE MI PROPIA MUERTE…Por: Felipe Huamán Gutiérrez.
Una mañana cualquiera, me encontraba en el campo, rastrojeando papas. Con esfuerzo, logré recolectar entre treinta y cuarenta kilos de aquellos tubérculos olvidados tras la cosecha. Los cargué al hombro y emprendí el regreso a casa, bordeando la chacra y el canal de regadío. Caminaba con paso firme cuando, de repente, sentí un golpe seco. Después, la nada.
Al recuperar la conciencia, me
descubrí flotando en el aire, suspendido en un vacío sin fin. Intenté
descender, pero una fuerza invisible me mantenía prisionero en esa ingravidez
desconocida. Desde allí, pude ver mi pueblo, mi casa, hasta que mis ojos encontraron
a mi familia. Estaban sentados en una banca, llorando desconsoladamente. —¿Qué
ha sucedido? — me pregunté con angustia.
Agucé la vista y vi a mis amigos
con rostros sombríos, cabizbajos, y al lado de mi casa, un ataúd. Un escalofrío
recorrió mi ser. Quise bajar, averiguar qué pasaba, pero sentí una mano firme
posarse en mi hombro. Me volví y encontré a un viejo amigo, uno que había
partido antes que yo.
—No vayas —me advirtió con una
voz serena y grave—. No podrán verte ni escucharte. Ahora eres como el viento
que no se ve, como un sonido de silencio que nadie percibe.
Me resistía a creerlo. Yo no
estaba muerto, no podía estarlo. Pero la realidad se desmoronaba a mi
alrededor, y la gravedad de aquel mundo desconocido me arrastraba lejos, cada
vez más lejos. Me alejaba de mi casa, de mis amigos, de mi propia existencia.
De pronto, un crujir de maderas y
un sonido seco me arrancaron de aquel trance. Todo se borró. Ya no recordaba mi
nombre, ni mi familia, ni de dónde venía. Me encontré en una pampa infinita,
rodeado de rocas extrañas y desconocidas. A lo lejos, nubes espesas ocultaban
estructuras colosales, imponentes y majestuosas.
Fue entonces cuando aparecieron
ellos. Viejos amigos que creí perdidos para siempre. Sus rostros eran serenos,
luminosos. Al verlos, los recuerdos regresaron en tropel. Ellos habían muerto
antes que yo; incluso recordé el día en que los acompañé en su último viaje.
Observé a mi alrededor y, en la
lejanía, el planeta Tierra brillaba como un pequeño punto azul en la inmensidad
del cosmos. Mis pasos me guiaron hasta la entrada de aquella ciudad de grandes
edificaciones. En el camino, me crucé con niños de aspecto peculiar. Me acerqué
a ellos con curiosidad y pregunté:
—¿Dónde estamos?
Uno de los niños respondió con
naturalidad:
—En Europa-
—¡¿Europa?! —exclamé—. Pero si yo
estaba en América, mi casa, el Perú ¡cómo llegué aquí?!
Los niños se miraron entre sí,
desconcertados.
—América y Perú no existe aquí.
Aquello me llenó de desconcierto.
La verdad se desplegó ante mis ojos como un abismo insondable: no me encontraba
en la Tierra. Había llegado al satélite Europa.
Con el tiempo, acepté la
serenidad de aquel lugar. Lo pasaba conversando con mis amigos sobre la amistad
pura, la paz y la fe. Todas las veces, cuando el atardecer pintaba el cielo con
tonos dorados y cobrizos, cada uno se retiraba a su morada asignada. Ya me
había acostumbrado que, al entrar en la mía, un airecillo cálido y perfumado de
calma me envolvía. Respiraba profundamente y, un sopor suave me abrazaba;
entonces como todos los días, me dejé caer sobre el suelo, tan esponjoso como
una nube, y me entregué al sueño.
No sé cuánto tiempo pasó hasta
que un sacudón me devolvió bruscamente la conciencia. Intenté hablar,
explicarles, pero mi lengua torpe apenas pudo articular palabras. Frente a mí,
un vecino me miraba con ojos llenos de asombro y miedo. Una mujer se acercó y
me ofreció una taza de agua, pero temerosa. Entonces, giré la cabeza y vi a mi
familia. Estaban arrodillados, con las manos juntas en señal de plegaria,
agradeciendo a Dios entre lágrimas de alivio.
Miré a mi alrededor. Los rostros
que antes vi sumidos en tristeza ahora resplandecían de emoción y fe. Ya no
estaba en el satélite Europa. Estaba en la Tierra, mi casa.
Mi hijo me tomó de la mano y, con
voz entrecortada, me explicó que hoy en la mañana, me había caído en el camino
de la chacra, golpeándome la cabeza. Los médicos habían certificado mi muerte.
Pero allí estaba yo, respirando, vivo, con la certeza de haber viajado más allá
de la muerte y regresado para contarlo. En ese breve lapso, me fue revelada una
verdad insoslayable: hasta mis enemigos habían llorado en mi velorio.
La vida, comprendí entonces, es
un instante fugaz entre el misterio y la eternidad.

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