TODO TIENE UN PRECIO…Por: Juan Percy Sánchez Samán.
Esa mañana ingresé a una de las oficinas en una gobernación local de un distrito al sur de Lima, y un cuadro me llamó la atención; este, pendía desde la parte más alta de la pared ubicada tras el escritorio de la secretaria. Luchita, era el nombre de ella, era el reflejo laboral de una hormiga, una de aquellas secretarias con actitudes de antaño, había cumplido las mismas funciones con el papá del encargado de la gerencia y más que una secretaria, era una especie de guardaespaldas. Luchita mostraba siempre un rostro agestual, mostrando apenas una esbozada y efímera sonrisa en sus labios, misma que desaparecía instantáneamente dejando su rostro semejante a un guardia de seguridad ruso.
— buenos días Luchita — expresé
preguntando
— ¿y eso? — señalando con un
movimiento de rostro dirigido hacia el cuadro. Ella, volteó rauda en medio
círculo sobre el eje de su sillón recostándose sobre su respaldar levantando la
mirada hacia lo alto de la pared respondiéndome — ¡Oh!, no me había dado cuenta
— volviendo el sillón frente a su escritorio, moviendo la cabeza de un lado a
otro en muestra de negación.
En más de una gobernación local
del departamento capitalino del Perú pude observar la misma escena, era
inevitable toparse con el mismo cuadro en las oficinas de estas instituciones,
el abrir una puerta traía consigo una mirada desde lo alto, se habían tomado la
molestia de analizar la visión angular de cada espacio para colocar estos
cuadros y no pasen desapercibidos, me hacían recordar a aquellos cuadros de
“corazón de Jesús” que se suelen
observar en las viviendas, adornados de un foco de luz parpadeante en su
inferior. Solo eso les faltaba a aquellos cuadros, su luz parpadeante para
hacerlos semejantes a una divinidad.
¿Quién habrá sido el encargado de
esta propuesta? me preguntaba. Estos individuos recostados en alguna norma del
estado donde trata acerca de la difusión de la identidad de sus autoridades la
aprovecharon para hacer de sus oficinas una galería con el rostro de sus
gobernantes, ¿cual será el afán? Tal vez
agradecidos por ese trabajito otorgado y muy bien remunerado, sentirse haber
ganado el premio mayor de lotería (tinka) sin haberla comprado, con el único
esfuerzo de avivar, gritar, pintar y pegar carteles en épocas de campaña, ese
trabajito les ocasiona una especia de alucinaciones viendo en sus gobernantes
una especie de dioses merecedores de homenajes , cuadros y hasta rezos.
Un cuadrito, bueno, puede con el
tiempo pasar desapercibido, sin lograr ocasionar algún impacto visual, en ese
acostumbrarse del ser humano hasta logra ser un objeto inexistente e invisible,
pero, en un visita a las oficinas municipales de un distrito en una provincia
al sur de Lima se salieron del contexto, me tope con un escenario
sorprendente, en una de las paredes
dentro del palacio municipal me trajo a memoria acerca de los lienzos de Miguel
Ángel pintados en los techos de la capilla Sixtina, no sé porque, pero se me
reflejó la imagen denominada “La creación de Adan” por supuesto no había
parecido alguno, pero tal vez lo asocié por el tamaño de la imagen que ocupada
la pared en toda su dimensión, sobre ella habían pegado la fotografía de cuerpo
entero de su burgomaestre, faltaba poco para adornarle con recipientes de
flores, y adornos, hacerles rezos diarios y pasearlos en andas como sucesor de
la dinastía inca, aquellos quienes se encargan de colgar cuadros, pegar
imágenes en paredes adquieren esa posición de exceso de agradecimiento,
encaminados por el sendero de la indignación, adulación y tapadores de errores
y excesos encubiertos en las comodidades de sus bolsillos, y en ese creer que
“todo tiene un precio”.

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