EL ESPECTRO DE LA MEDIANOCHE…Por: Felipe G. Huamán Gutiérrez
En mi pueblo, la vida se mecía
entre alegrías, travesuras y momentos que desbordaban melancolía. Los años
sesenta y setenta estaban impregnados de historias que, como hojas al viento,
revoloteaban en la memoria de todos. En ese entonces, la noche no guardaba
amenazas; las calles eran seguras y el corazón, intrépido.
Esa noche, tras muchas risas y
cuentos compartidos bajo la débil luz de las farolas, decidimos retirarnos.
Habíamos pasado horas frente a las cantinas, escuchando las melodías de las
radiolas. Por un sol, el eco de tres canciones se deslizaba hasta el alma. La
madrugada nos sorprendió, y en el aire quedaba el murmullo de nuestra juventud.
Cruzamos juntos el patio del ex
colegio Nº 4516, ascendimos la pequeña huaca y, al llegar al callejón, nos
despedimos. Mis amigos tomaron el camino opuesto al mío, y yo seguí solo hacia
mi casa, que bordeaba las chacras. Fue entonces cuando la vi.
Una figura femenina apareció
cruzando con lentitud el sendero de las chacras de Cerro Alegre. Algo en su
porte me intrigó. Su vestido blanco resplandecía bajo la luz espectral de la
luna, y su cabello flotaba como una nube negra en el viento. Sin pensarlo, la
curiosidad me venció y comencé a seguirla.
El sendero era irregular, lleno
de piedras y charcos, pero ella avanzaba como si el terreno no la tocara. Su
andar era etéreo, deslizándose en silencio. A cada paso, un escalofrío me
recorría la espalda. Entonces noté algo que heló mi sangre: no podía ver sus
pies.
No sé qué tiempo habré caminado,
anonadado por la belleza de aquella mujer.
Cuando el ladrido repentino de un
perro me sacó de mi trance. Giré, esperando encontrar un animal agresivo, pero
allí estaba él, a unos metros, ladrando al vacío con una furia contenida. Sus
ojos brillaban como si mirara algo que yo no podía ver. Un escalofrío me
recorrió el cuerpo.
Sin darme cuenta, había caminado
casi dos kilómetros. Me encontraba en el túnel del canal María Angola, rodeado
por la penumbra y el silencio de las chacras. Mis zapatillas estaban empapadas
de barro, y el perro, ahora aullando, parecía advertirme de algo tenebroso.
Recordé entonces las palabras de mi madre: "Los perros aúllan porque ven
lo que los humanos no podemos."
Entonces volví la vista hacia
adelante. La mujer había desaparecido. Busqué a mi alrededor con la
desesperación de quien siente el peligro al acecho, pero no había rastro de
ella. El miedo se apoderó de mí, y con el corazón latiendo a mil, emprendí el
regreso.
Crucé el canal de Pócoto, a ratos
mirando atrás. Mientras cruzaba las chacras, y al estar subiendo por la calle,
los perros de Ramos Larrea comenzaron a aullar. Me miraban con ojos
desconfiados, como si percibieran algo extraño en mí, algo que no pertenecía a
este mundo. Al llegar a casa, el reloj marcaba las 12:20 de la madrugada. Cerré
la puerta con cuidado, me tendí en la cama y traté de dormir, aunque la
inquietud me mantuvo en vela.
A la mañana siguiente, aún
tembloroso, le conté todo a mi madre. Ella me escuchó en silencio, con el
rostro serio. Cuando terminé, me regañó por vagar tan tarde, pero al final, su
tono cambió. Me tomó por los hombros y me miró con la profundidad de quien
guarda secretos ancestrales.
—Lo que viste no era una mujer
—me dijo con solemnidad—. Era el demonio disfrazado. Quería llevarte al túnel
de Cerro Candela para ahogarte y cumplir su oscuro propósito.
Su voz tembló ligeramente, pero
luego me abrazó con firmeza.
—Agradece a Dios por el perro que
te salvó. Él siempre te cuida. Pero no vuelvas a tentar tu suerte en la noche.
Esa tarde, mientras el olor a
guiso llenaba la casa, sus palabras seguían resonando en mi mente. El recuerdo
de la mujer flotando bajo la luna y el ladrido desgarrador del perro se
entrelazaban con la certeza de que aquella noche, el destino había jugado con
mi vida.
Desde entonces, cada vez que miro
al canal María Angola, siento que la sombra de esa figura aún ronda, esperando
a otro incauto que cruce su camino.
POSTDATA: Acabo de terminar la presente historia a los 26 días de julio del 2003, siendo las 11:50 PM. Me voy dormir antes que llegue la medianoche, no vaya ser que toquen la puerta y vuelva aparecer la chica con sus encantos y se repita la historia.

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